OPINIÓN: CIENCIA Y TECNOLOGÍA, LA LLAVE DEL BIENESTAR SOCIAL EN MÉXICO

Juan Alberto González Piñón es titular de Emprendimiento e Incubación en la Universidad Panamericana. Desde 2004 ha desarrollado actividades profesionales en gestión de la Innovación, gestión de inversión de capital privado emprendedor, la planeación, organización y conducción de las políticas de desarrollo del financiamiento del emprendimiento, la productividad y la innovación. 


Las naciones que tienen intención de prosperar en la economía del conocimiento lo harán con la aplicación de su fuerza intelectual, atracción de personas altamente calificadas y el desarrollo de empresas innovadoras capaces de generar oportunidades de crecimiento.


Por ejemplo, Japón basa su desarrollo científico y tecnológico en la propiedad intelectual. En las últimas décadas ha orientado sus esfuerzos en lanzar leyes, normas, estrategias e iniciativas enfocadas en la mejora de tecnología propia, por lo que una adecuada gestión de los activos intangibles es su prioridad.

La economía japonesa ha crecido a través de la innovación soportada por un sistema de Ciencia, Tecnología e Innovación (CTI) orientado hacia los sectores social y productivo. Un ejemplo de ello es la Ley de Patentes, que data desde 1959 y cuya importancia radica el fomento del desarrollo de sus industrias por licencias.

 

Durante la época de recesión, producto de las guerras que abatieron a Japón, surgió un proceso de importación de tecnologías extranjeras, mismas que fueron la base para el desarrollo de las empresas de la nación. El sistema de CTI tiene como objetivo fundamental fomentar la investigación en tecnología, así como reducir la redundancia de Investigación y Desarrollo (I+D) de universidades e instituciones.

Un logro importante de la política CTI de Japón es la consolidación y ampliación de los derechos de patente. Las políticas relacionadas al tema aseguran un periodo fijo en los derechos de invención y generación de tecnología, con la finalidad de que se utilicen en los ámbitos económico-sociales. La I+D se basa en el conocimiento científico de forma acumulativa.

Japón ocupa la quinta posición -de 137- dentro del Índice Global de Competitividad 2017 y en materia de colaboración universidad-industria en I+D se ubica en la cuarta posición. Las empresas japonesas diseñan productos y procesos de vanguardia para mantener una ventaja competitiva y avanzar hacia actividades aún más valiosas.

México, por su parte, ocupa la posición 51 en cuanto al mismo índice y respecto a la colaboración universidad-industria en I+D se ubicó en la posición 49. A pesar de la importancia del desarrollo tecnológico en el ámbito empresarial, los gastos que estas destinan a I+D siguen decreciendo.

Según cifras del Consejo Nacional de Ciencia y Tecnología (Conacyt) en 2016 el gasto en investigación y desarrollo experimental ejercido por las empresas fue tan sólo del 31%, con ello la participación del sector público en su financiamiento fue de 69% del total.

En el caso de Japón -con datos del 2017- las empresas financiaron el 81% de los gastos en I+D, mientras que el gobierno, a través de los centros de investigación y las universidades, aportó escasamente el 19% del total.

Las universidades y centros de investigación mexicanos deben definir con precisión las condiciones del desarrollo de patentes que se realiza en conjunto con las empresas. Con el fin de garantizar la no limitación en la generación de nuevo conocimiento se pueden establecer provisiones que permiten a la universidad cumplir sus finalidades de avanzar en investigación. Lo anterior a través de reservas en donde ese derecho le permita hacer y usar la invención y permitir a otras entidades educativas sin fines de lucro a hacer lo mismo.


La investigación, creación y apropiación del conocimiento y su transformación en nuevas tecnologías son parte de la riqueza de las naciones más desarrolladas y explican su crecimiento económico, ya que están presentes tanto en la producción de bienes industriales, como en los procesos agrícolas y en los servicios

El economista e historiador Douglass North estableció que el crecimiento económico de un país se explica por los cambios institucionales, mismos que anteceden a los cambios tecnológicos. Por eso el planteamiento de la política científica y tecnológica que conlleva la transición de gobierno este año puede ser un ejemplo de resistencia o disposición al cambio tecnológico.

 

No se trata de hacer lo mismo, como ocurre cada cambio de sexenio en nuestro país. El Premio Nobel de Economía 2018, Paul Romer, dijo: “Si le das a alguien un pescado lo alimentaras por un día; si tú le enseñas a alguien a pescar destruyes otro ecosistema acuático”.

El desarrollo económico se da en territorios delimitados donde existan micro y pequeñas empresas con organizaciones verticales u horizontales y con mercado objetivo local o nacional, por lo que si mejora el nivel de vida de la población deben modernizarse y mejorar su productividad.



Para poder avanzar, en México se requiere una visión de largo plazo que le permita madurar con los procesos de aprendizaje mientras se consolidan las capacidades científicas y tecnológicas del país.





Por: Juan Alberto González Piñón                                                                                                                                                                  Fuente: https://expansion.mx/opinion/2018/10/26/ciencia-y-tecnologia-la-llave-del-bienestar-social-en-mexico